En una zona rural de El Tambo, en la vereda Chisquio, vive Diana Marcela junto a su hijo Alan, un niño de 8 años que ha demostrado desde su nacimiento lo que significa luchar por la vida.
Alan llegó al mundo en medio de un parto complicado. La falta de atención oportuna provocó que sufriera una asfixia severa que lo dejó sin oxígeno durante varios minutos. Aunque logró ser reanimado y permaneció en cuidados intensivos durante nueve días, las secuelas fueron profundas. Meses después, los médicos confirmaron un diagnóstico que cambiaría sus vidas para siempre: daño neurológico irreversible, acompañado de microcefalia, parálisis cerebral y epilepsia.
Desde ese momento, Diana sintió que el mundo se detenía. Pero encontró en el amor por su hijo la fuerza para seguir adelante.
Durante ocho años, su vida ha estado completamente dedicada al cuidado de Alan. Es su madre, su enfermera, su terapeuta y su mayor apoyo. Día a día lo acompaña en todo: en casa, en sus terapias y también en la escuela, donde juntos han encontrado un espacio inclusivo que le ha permitido a Alan adaptarse, disfrutar y compartir con otros niños.
Alan no habla, no camina y tiene movilidad limitada, pero su forma de comunicarse va más allá de las palabras. Sus ojos expresan todo lo que siente. Es un niño alegre, amoroso y sensible, que disfruta los sonidos, el movimiento, los juegos y la pintura, actividad que comparte con su mamá como una forma de conexión y terapia.
Vivir en una zona rural hace que el acceso a la atención médica sea un desafío constante. Para asistir a sus terapias, deben viajar hasta Popayán, en trayectos de hasta seis horas entre ida y regreso, muchas veces por vías en mal estado. Aunque cuentan con apoyo para el transporte, el desgaste físico y emocional es enorme.
Hoy, la situación se ha vuelto aún más difícil. Alan ha crecido, está más fuerte, y movilizarlo es cada vez más exigente. Diana, debido al sobreesfuerzo de años, también enfrenta problemas de salud que le impiden continuar con estos desplazamientos frecuentes.
A pesar de todo, no se rinden.
En casa, Diana continúa realizando ejercicios de estimulación, masajes, juegos y actividades que ayudan al desarrollo de Alan. Sin embargo, reconoce que no cuenta con las herramientas necesarias para brindarle una rehabilitación adecuada.
Por eso, su mayor anhelo es poder tener un gimnasio de rehabilitación en casa. Esto no solo le permitiría a Alan continuar con su proceso sin interrupciones, sino también mejorar su calidad de vida y acercarlo a su sueño más grande: lograr mayor independencia y, algún día, poder caminar.
Diana y Alan son un ejemplo de amor, resiliencia y fe. Han enfrentado cada obstáculo con valentía, demostrando que, incluso en medio de las dificultades, la esperanza sigue viva.